viernes, 6 de septiembre de 2013
Condición humana
Minúsculas gotas de sudor acampaban en su frente. Su temblor en la mano no lo distrajo de la reflexión que lo provocaba. Recordaba su vida como nunca antes había hecho y casi sentía que podía tomar decisiones dentro de sus propios recuerdos. Su sonrisa se desdibujaba con cada pinchazo que sentía en el pecho.
Revivió con rabia su gran amor como si viera una tremenda película con final infeliz, aunque le resultaba difícil verse en aquel papel protagonista, momento en el que su mente en un inútil intento por reconfortarlo empezó a maquinar comodines: "no era quien pensabas", "no te convenía", "no era para ti", "no mierda puta". «¡Ahora no!» se dijo.
Recordó el infierno emocional que ardía de joven en su casa los días lluviosos cuando no tenía a donde ir y sus patéticos esfuerzos en ser diplomático con su familia, cuando sólo los lametones de su mascota conseguían hacer que se evadiera. Y así pensó en las caras de todos los animales que había visto morir, antes y después de su final fatal. «Malditos hijos de puta».
Fue un niño feliz, juguetón y especial. Díscolo en la escuela donde destacó desde el principio, pero por aquel entonces su mundo no era otra cosa que sus padres, sus amiguetes, sus tortugas y una poderosa imaginación. Todos pensaban que era un niño guapo e inteligente destinado a triunfar en la vida y ser feliz. Acertaron en casi todo, pues su empatía y su sensible pero brillante inteligencia emocional propiciaron con los años pasar del espejismo de su cuento infantil a una madurez triste y carcomida por sus deseos de misántropo empedernido.
Sin embargo no podía decirse que no fuese un hombre de éxito: era un físico nuclear con más de una docena de premios. Tenía una mujer exquisita, que nunca quiso, con la que compartía lo que era casi un palacete y una docena de amigos que veía con frecuencia. Fue en ellos y en los que había perdido en los que discurrió a continuación. Había disfrutado momentos geniales con ellos y sufrido puñaladas de diversa índole. Aquellos en quien confió sus secretos más profundos y se desvivió por ayudarles, eran a veces, los mismos que le habían dejado en la estocada cuando más los necesitó o traicionado por una bella meretriz, un fugaz acto de vanidad y otras perlas de su puto egoísmo.
Un águila sobrevoló en ese instante el paisaje que veía a lo lejos por la ventana y deseó ser como él, ajeno al mundo que habitaba. No era la primera ocasión que deseaba ser un animal. La última vez que lo imaginó estaba apunto de mostrar al mundo el trabajo más importante de su vida, un proyecto revolucionario que lo cambiaría todo y se sentía como un mensajero de Dios al haber descubierto la manera de obtener alimento rico en nutrientes de la energía solar. Acabaría con la miseria en el mundo de un plumazo. Un sueño hecho pesadilla por las altas esferas que lo desestimaron y ridiculizaron con sendos desprecios escritos por científicos de renombre, mercenarios.
Su orgullo herido era insignificante en comparación con el dolor y la rabia que lo golpeaban al pensar en toda esa gente desnutrída y desamparada. No era la falta de alimento el causante del mal, ni el petróleo, ni el ingente dinero que éstos movían. Era en realidad un problema de su propia especie. Un egoísmo impreso en los genes del Ser Humano, destinado a satisfacer sus propios intereses siempre por delante que los del conjunto.
Llevaba semanas sin apenas dormir, obsesionado con la idea de que no había esperanza, de que en las veces que volviera a existir la humanidad, en todas sin excepción convertiríamos el mundo terrenal en un escenario dantesco lleno de guerra, hambre y destrucción donde sólo una minoría viviría tranquila. Era un resultado exacto y frío como las matemáticas que lo corroboraban.
Su vida, lejos de ser desgraciada en comparación, había estado llena de pistas. Los pequeños detalles de sus allegados no hacían más que reafirmar su espantoso descubrimiento. Incluso él, en un ejercicio de humildad, reconoció no haber sido lo generoso que pudo ser.
Y así, borracho de razón, debatía si pulsar aquel botón del laboratorio del Colisionador de hadrones de Ginebra era un acto de bondad o de maldad. Era consciente de qué por el mismo camino, tener una vida digna para un recién nacido era una lotería con cada vez menos boletos. La Tercera Guerra Mundial estaba apunto de estallar además y sabía que era inevitable. Si no hacía nada todo ser vivo sería condenado a morir o lo que era peor, vivir en un yermo de ruinas y ceniza. Pero ¿Quién era él para decidir por todos?
Volvió a meditar y entendió que daba igual. Todos estaban condenados ya. Se lamentó por todos los animales y después por las millones de personas que aún eran puras, bien porque lo eran de alma, porque aún no habían cambiado o porque la inmensa mayoría culpable no las había alcanzado todavía. Dudó otra vez y fue entonces cuando recibió una llamada con dos noticias opuestas. La buena era que su mujer estaba embarazada. La mala es que su cuerpo y el feto sin vida habían sido encontrados en un laboratorio del Zaire donde ella aplicaba el proyecto de los alimentos del Sol, presuntamente asesinada por los nativos. Una indescriptible culpabilidad y dolor reventó las arterias de su corazón y calló de bruces contra el botón que llevaba horas mirando. En décimas de segundo el Colisionador generó un microscópico agujero negro que en un minuto era del tamaño de Europa. Devoró la Tierra como un niño tragándose un caramelo.
A miles de años luz, miles de años después, unas criaturas similares a nosotros contemplaron el nacimiento del agujero como hasta entonces lo hacíamos nosotros. Y quedó registrado en sus sistemas de información con unos símbolos parecidos a nuestros números. Ese fue el único legado de la Tierra para el Universo.
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