Prisión del silencio
sábado, 22 de marzo de 2014
Había algo más en cada frase que nos decíamos. Dos o tres palabras se quedaban sin voz, sin embargo se transmitían. Era un escudo fabricado de realidad, de distancia y miedo que paraba el sonido, pero no el mensaje, y el tiempo y las ganas lo habían vuelto transparente. Percibíamos otro lenguaje paralelo al que podíamos oír. Todos los días quedábamos frente a ese cristal y todos los días se hacía más fino.
Una vez nos quedamos mirándonos fijamente y no hizo falta decir nada, al tiempo que esa lámina que nos separaba pareció volverse hielo al calor del fuego intenso que emanaba desde dentro de nosotros y salía por los ojos. Así, desde mi punto de vista, el color al otro lado era más vivo, sus ojos más penetrantes, su piel más apetecible, y sin embargo la pared helada derritiéndose deformaba su esbelta figura que ansiaba devorar. Me dispuse a romper el bloque de una patada; quería poseer cada ínfima parte de su cuerpo y de su alma. Saborear su esencia por fuera y por dentro. Volverme loco fundiéndome con ella. Tomé carrerilla y tropecé con una grieta que había en el suelo bajo el vidrio y me di de bruces contra el muro helado de realidad, distancia y miedo. La sangre corrió por mi cara y la visión se torno rojiza.
Comprendí que esa grieta, que era más bien un foso, estaba hecha de impaciencia. Ella vio lo sucedido y dio un pasó atras. Mi herida cerró y pasaron los días igual que al principio, poco a poco, con palabras inaudibles que entendíamos. Hicimos un pacto en secreto y con el mismo silencio, forjado en una complicidad inolvidable: que el tiempo nunca ahogaría del todo las llamas y el destino decidiría, y mientras levantásemos puentes y derribáramos muros, nunca dejaríamos de ser nosotros.
lunes, 4 de noviembre de 2013
De niño mayor
Noche helada de Noviembre. El cielo llora sobre tu ventana todos mis sueños por cumplir. Como un niño solo y desamparado derrama lágrimas sin cesar y ellas quieren tocarte... no... quieren atravesar el cristal y mojarte, absórbelas por tu piel, que sean parte de ti.
Cuando yo era un niño, imaginaba a veces cómo vería cada cosa siendo un mayor de esos que lo sabían todo. Hoy imagino cómo lo vería siendo ese niño que fui. Como el
cielo llorando, que por la mañana era risueño, alegre y sus colores de oro y fuego reflejados en el mar tensaban la sonrisa como ese niño que recien despertaba.
El brillo metálico del Sol llegaba y atravesaba la arena mojada que yo agujereaba de huellas mientras corría. En mi primera vuelta vi mis propias huellas de la ida y miraba de lado imaginando que eran las tuyas que dibujabas conmigo. Era un deseo agradable y místico, vacío de dolor y miedo, lleno de cariño y pasión. Aceleré el ritmo de las
piernas después de mi corazón, hasta que me dejé caer donde el agua apenas me masajeaba los pies y ahí te vi cayendo sobre mí, dejándome sin el poco aire, que recargué cargado del aroma de tu pelo. Fue aquel un sueño muy real que crecía hoy como el torbellino que fuimos en la arena. Y así, entre besos y arena, sudor y risas, el Sol cambiaba su tono que yo veía en tu piel de caramelo y ojos de paraíso. Eso sería la risa del niño.
Fue una mezcla de sueño y recuerdo, de verdad y mentira, de un
pasado idealizado y de un futuro ambicioso, de amor y guerra, que cambiaba con el color del cielo, tal como pasó, tal como quería imaginarlo.
Nos tatuamos el alma con el nombre del otro, pintamos la arena con nuestros cuerpos en sendos dibujos abstractos que eran obras a la alegría, al ralentí del tiempo alargando cada segundo. Nos mojamos de amor en una mar en calma que se fue agitando. Y entre el agua y la espuma me dejé llevar a donde no alcanzan los sentidos. Y viaje mucho en el tiempo y en la distancia, parando uno, acortando otra o al revés. Crucé océanos de dudas y desiertos de impaciencia, hasta montañas de heridas, que mi fé apartó de un plumazo para recorrer contigo todas las maravillas de la Tierra.
Así me tocó el rocío elevándose hacia las primeras nubes bajo un cielo gris plateado y sentí el frío, sentí las olas y sentí tu ausencia. Se me cayó una lágrima que la nube absorvió con el resto del agua. La misma lágrima esparcida en ínfimas
partículas, llenando cada gota de lluvia. Y miré la misma Luna que se reflejaba en tu ventana. La mirabas ahora a través del cristal, ella sola y tú melancólica, pactasteis por un segundo abrir la ventana. De pronto sonó el timbre y un chico empapado aguardaba en tu puerta.
Ese es el sueño del niño.
Nota: Este escrito lo escribí originalmente para un blog que comparto con una amiga. Podéis visitarlo en: twinemotion.blogspot.com
viernes, 6 de septiembre de 2013
Condición humana
Minúsculas gotas de sudor acampaban en su frente. Su temblor en la mano no lo distrajo de la reflexión que lo provocaba. Recordaba su vida como nunca antes había hecho y casi sentía que podía tomar decisiones dentro de sus propios recuerdos. Su sonrisa se desdibujaba con cada pinchazo que sentía en el pecho.
Revivió con rabia su gran amor como si viera una tremenda película con final infeliz, aunque le resultaba difícil verse en aquel papel protagonista, momento en el que su mente en un inútil intento por reconfortarlo empezó a maquinar comodines: "no era quien pensabas", "no te convenía", "no era para ti", "no mierda puta". «¡Ahora no!» se dijo.
Recordó el infierno emocional que ardía de joven en su casa los días lluviosos cuando no tenía a donde ir y sus patéticos esfuerzos en ser diplomático con su familia, cuando sólo los lametones de su mascota conseguían hacer que se evadiera. Y así pensó en las caras de todos los animales que había visto morir, antes y después de su final fatal. «Malditos hijos de puta».
Fue un niño feliz, juguetón y especial. Díscolo en la escuela donde destacó desde el principio, pero por aquel entonces su mundo no era otra cosa que sus padres, sus amiguetes, sus tortugas y una poderosa imaginación. Todos pensaban que era un niño guapo e inteligente destinado a triunfar en la vida y ser feliz. Acertaron en casi todo, pues su empatía y su sensible pero brillante inteligencia emocional propiciaron con los años pasar del espejismo de su cuento infantil a una madurez triste y carcomida por sus deseos de misántropo empedernido.
Sin embargo no podía decirse que no fuese un hombre de éxito: era un físico nuclear con más de una docena de premios. Tenía una mujer exquisita, que nunca quiso, con la que compartía lo que era casi un palacete y una docena de amigos que veía con frecuencia. Fue en ellos y en los que había perdido en los que discurrió a continuación. Había disfrutado momentos geniales con ellos y sufrido puñaladas de diversa índole. Aquellos en quien confió sus secretos más profundos y se desvivió por ayudarles, eran a veces, los mismos que le habían dejado en la estocada cuando más los necesitó o traicionado por una bella meretriz, un fugaz acto de vanidad y otras perlas de su puto egoísmo.
Un águila sobrevoló en ese instante el paisaje que veía a lo lejos por la ventana y deseó ser como él, ajeno al mundo que habitaba. No era la primera ocasión que deseaba ser un animal. La última vez que lo imaginó estaba apunto de mostrar al mundo el trabajo más importante de su vida, un proyecto revolucionario que lo cambiaría todo y se sentía como un mensajero de Dios al haber descubierto la manera de obtener alimento rico en nutrientes de la energía solar. Acabaría con la miseria en el mundo de un plumazo. Un sueño hecho pesadilla por las altas esferas que lo desestimaron y ridiculizaron con sendos desprecios escritos por científicos de renombre, mercenarios.
Su orgullo herido era insignificante en comparación con el dolor y la rabia que lo golpeaban al pensar en toda esa gente desnutrída y desamparada. No era la falta de alimento el causante del mal, ni el petróleo, ni el ingente dinero que éstos movían. Era en realidad un problema de su propia especie. Un egoísmo impreso en los genes del Ser Humano, destinado a satisfacer sus propios intereses siempre por delante que los del conjunto.
Llevaba semanas sin apenas dormir, obsesionado con la idea de que no había esperanza, de que en las veces que volviera a existir la humanidad, en todas sin excepción convertiríamos el mundo terrenal en un escenario dantesco lleno de guerra, hambre y destrucción donde sólo una minoría viviría tranquila. Era un resultado exacto y frío como las matemáticas que lo corroboraban.
Su vida, lejos de ser desgraciada en comparación, había estado llena de pistas. Los pequeños detalles de sus allegados no hacían más que reafirmar su espantoso descubrimiento. Incluso él, en un ejercicio de humildad, reconoció no haber sido lo generoso que pudo ser.
Y así, borracho de razón, debatía si pulsar aquel botón del laboratorio del Colisionador de hadrones de Ginebra era un acto de bondad o de maldad. Era consciente de qué por el mismo camino, tener una vida digna para un recién nacido era una lotería con cada vez menos boletos. La Tercera Guerra Mundial estaba apunto de estallar además y sabía que era inevitable. Si no hacía nada todo ser vivo sería condenado a morir o lo que era peor, vivir en un yermo de ruinas y ceniza. Pero ¿Quién era él para decidir por todos?
Volvió a meditar y entendió que daba igual. Todos estaban condenados ya. Se lamentó por todos los animales y después por las millones de personas que aún eran puras, bien porque lo eran de alma, porque aún no habían cambiado o porque la inmensa mayoría culpable no las había alcanzado todavía. Dudó otra vez y fue entonces cuando recibió una llamada con dos noticias opuestas. La buena era que su mujer estaba embarazada. La mala es que su cuerpo y el feto sin vida habían sido encontrados en un laboratorio del Zaire donde ella aplicaba el proyecto de los alimentos del Sol, presuntamente asesinada por los nativos. Una indescriptible culpabilidad y dolor reventó las arterias de su corazón y calló de bruces contra el botón que llevaba horas mirando. En décimas de segundo el Colisionador generó un microscópico agujero negro que en un minuto era del tamaño de Europa. Devoró la Tierra como un niño tragándose un caramelo.
A miles de años luz, miles de años después, unas criaturas similares a nosotros contemplaron el nacimiento del agujero como hasta entonces lo hacíamos nosotros. Y quedó registrado en sus sistemas de información con unos símbolos parecidos a nuestros números. Ese fue el único legado de la Tierra para el Universo.
martes, 25 de junio de 2013
Evolución tecnodependiente
Estoy leyendo últimamente noticias aleatorias sobre cómo la tecnología está mermando nuestro rendimiento cerebral. Desde hace siglos cada generación, dicen, es "menos inteligente" que la anterior, algo que se habría acelerado alarmantemente durante la década pasada con el auge de Internet. Lo debatían el otro día en Cuarto Milenio tras un riguroso (o no) estudio de fondo sobre el asunto. Daban el dato, por ejemplo, de que un ciudadano medio de la antigua Grecia sería en esta época un superdotado o que el cerebro es ahora un 10% más pequeño que antes. Como a mí no me invitaron al debate pues escribo aquí mi opinión y mi experiencia, pues me sale así de los cojones.
Es verdad que ahora tenemos toda la información al alcance de nuestra mano y eso nos vuelve más vagos mentales. Todos hemos notado antes cómo nuestra capacidad de cálculo se iba a la mierda poco tiempo después de acostumbrarnos a la calculadora. Pasa lo mismo con el resto de información que ya no nos hace falta recordar. Es como si nuestra mente estuviese predispuesta a no tener que grabar profundamente las cosas en la memoria, ahorrando así recursos supongo, y con el paso del tiempo vamos perdiendo esa capacidad, así como la concentración en lo que hacemos. Sin embargo por extraño que parezca yo no creo que esta era tecnológica nos esté convirtiendo en humanos inferiores si no más bien al contrario. No tiene por qué ser necesariamente perjudicial esta "tecnodependencia".
Cuando era muy pequeño me regalaron un ordenador portátil de juguete que consistía en una serie de acertijos, puzzles y demás pruebas matemáticas y de lenguaje plasmadas en una pantalla cutre en blanco y negro de 8 bits. Enseguida le cogí cariño al aparato y me pasaba las horas descifrando sus más o menos enrevesados entresijos. Al cabo de un tiempo resolvía cada uno de sus acertijos con soltura y llegó a aburrirme, así que cuando en el colegio nos planteaban problemas o cálculos más complejos, yo los tomaba casi como un juego y me gratificaba resolverlos. Cuanto más complicados, más disfrutaba con su resolución. La facilidad de hacerlo es probable que viniese precedida de mi prematura práctica con aquel juguete, pero sobretodo creo que vino a consecuencia del cambio de actitud que me supuso, ya que cuanto más disfrutamos de algo, normalmente mejor lo hacemos. Es más que probable que solo con el enfoque aburrido e impuesto de las clases de matemáticas, nunca habría disfrutado con ellas y no habría adquirido por vagancia o desdén la capacidad resolutiva.
Es verdad que mi afición a los videojuegos me ha "distraído" demasiado. Culpa mía. Pero no es menos cierto que he aprendido mucho de ellos y de muchos temas además. Ya huele a mierda la teoría de ser un entretenimiento basado en "marcianitos" que no lleva a ninguna parte. Los juegos aumentan los reflejos de quien los usa, favorecen el uso del 'coco' al presentarnos puzzles de una manera amena e impulsan la agilidad mental al vernos obligados a pensar rápido en juegos online para ganar. Estas partidas en un juego de guerra podrían equipararse muchas veces a sendas partidas de ajedrez a otro nivel. Hay unos cuantos estudios que vienen a demostrar ésto, por cierto. Son la evolución de mi portátil infantil. Pero va mucho más allá cuando te hacen aprender historia, enriquecen el vocabulario o desarrollan la imaginación de uno. Y es que hay juegos más enriquecedores y con un trasfondo más amplio que muchos libros. Lo he comprobado.
La televisión también aporta mucho al conocimiento, sobretodo la ingente cantidad de documentales y repotajes que abordan todo tipo de temas. El trabajo que representa el estudio de años (o siglos) de una materia nos es resumido e inyectado en nuestras mentes en un tiempo cuantificado en minutos u horas y aunque esa pasmosa comodidad va en detrimento de nuestra capacidad de esfuerzo, nos hace aprender. Por desgracia es un invento politizado y convenientemente manipulado con muchas trampas informativas que además está repleto de programas ridículos y borreguiles. Pero es que también hay libros de mierda o experiencias en la vida de mierda y no por ello tenemos que absorber sandeces o quitar valor al medio de difusión en sí mismo.
Pero estas “herramientas” que nos ha brindado la tecnología son nimiedades comparadas con el poder que ofrece Internet. Y es que este medio nos pone a día de hoy al alcance de la mano todo el conocimiento prácticamente inmortalizado hasta ahora por el Ser Humano y gratis, no solo para una minoría poderosa como antes. Y lo mejor de todo es que sigue siendo un medio libre, tan inmenso que es humanamente imposible controlarlo. No menos importante es la facilidad con que nos podemos comunicar con alguien en cualquier parte del mundo. Que un chico de 26 años desconocido esté escribiendo esto que tú lees ahora, es casi milagroso. Las redes sociales han propiciado además cientos de grupos de personas con un afán de luchar por hacer el mundo un poco mejor, enriqueciéndose unos a otros que de otra manera sería muy difícil, si no imposible. He conocido a muchas personas en este entorno virtual con las que he aprendido mucho y ojalá ellas de mí; algunas han pasado a formar una parte importante en mi vida y con muchas otras me habría encantado pasar ese tiempo en persona tomando un café, pero con la mayoría he crecido como persona o simplemente me he divertido, que también es necesario coño. Por otra parte es quizá la única manera de informarse de verdad sobre lo que hay detrás de nuestro modo de vida. Si dedicamos un tiempo a rasgar la superficie de mentiras que nos han hecho creer, descubrimos un elenco enorme de verdades sobre nuestra historia y sobre cómo se maneja hoy el mundo. Cualquiera que se haya molestado en ello, ha podido darse cuenta de cuán podrido que está el Sistema y es patente la creciente organización de la gente en movilizarse contra él. Cada vez hay más gente que despierta y quiero pensar que con el paso de los años conseguiremos una sociedad más justa. Todo en exceso es malo y tendemos a acomodarnos, más es peligroso depender de algo que un día puede fallar o ser saboteado. Tampoco puedo olvidar el esfuerzo de gobiernos, empresas y altas esferas en convertirlo en un medio de control, pero mientras sigamos manteniéndonos en guardia y no abusemos, ¿De verdad la tecnología nos hace menos inteligentes? Y sí así fuese, ¿no es preferible evolucionar en valores, conocimiento y justicia, que ser súmamente inteligentes atrapados en la ignorancia o una mentira? Ahí lo dejo.
miércoles, 12 de junio de 2013
Para ti
Pasan los días, las semanas, los meses, los años... y nunca te he dedicado unas palabras. Tú, que siempre has estado ahí para escucharme, nunca has tenido una mala palabra, un reproche. Cierto es que tampoco me has aconsejado, ni me has halagado. De echo nunca me has respondido. Con todo lo que te he machacado. Te he contado mis penas, mis alegrías, mis sueños, mis temores y siempre ha estado tu opción disponible, sin el temor de repetirme o cansarte. Sin decir una palabra me has ayudado de algún modo a descargar lo que llevo dentro. Es quizá tu mutismo lo que más adoro de ti. Uy si pudieses hablar... creo que lo primero que dirías sería "Joder Jon, pareces un puto loco dedicándome algo en público" y yo te digo que loco me quedaría si no pudiera expresarme contigo cuando no hay nadie más y eres además la única cosa que recordará mis palabras tal como te las conté hasta que me muera. Gracias, Hoja en blanco, Documento de texto, Estado de red social y el resto de tus nombres.
lunes, 10 de junio de 2013
Una inocente manzana
domingo, 9 de junio de 2013
El reflejo alternativo
Me gustó mirar la puesta en el reflejo más que directamente. Una luz más tenue, presa de otra realidad. Si te fijas, mientras desde el mundo el Sol baja, en el reflejo se aleja. Me gustó pensar que el reflejo daba otra opción, que podía dejar de alejarse si lo deseaba con mucha fuerza, pensando que no era ya un espejo si no una ventana a otra puesta de Sol, diferente, más bella, más duradera y única. Disfruté egoístamente de contemplar una puesta mejor que las demás, que solo veía yo, y de repente me vi contigo ahí, en ese reflejo, mirando una puesta solar eterna, que no se aleja, que no desaparece, irrepetible y solo nuestra. Y fuera ya era de noche sin estrellas ni Luna. La oscuridad hirió de muerte a la luz, arrebatando el color a su vida y entre el negro absoluto aun dos puntos brillaban. Era el reflejo incrustado en mis ojos de la luz que no emanaba de lo que ahora era un amanecer, si no de ti.
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