Esta reflexión la escribi hace ya tiempo, pero me da la gana de copiarla aquí. Tal vez porque sí, tal vez porque es mi forma de querer y en lo que pienso mucho ultimamente.
"El alquimista conocía la leyenda de Narciso, un hermoso joven que todos los días iba a contemplar su propia belleza en un lago. Estaba tan fascinado consigo mismo que un día se cayó dentro del lago y se murió ahogado. En el lugar donde cayó nació una flor, a la que llamaron narciso.
Pero no era así como Oscar Wilde acababa la historia.
Él decía que, cuando Narciso ...murió, llegaron las Oréades -diosas del bosque- y vieron el lago transformado, de un lago de agua dulce que era, en un cántaro de lágrimas saladas.
- ¿por qué lloras?- le preguntaron las Oréades.
- Lloro por Narciso - repuso el lago.
- ¡Ah, no nos asombra que llores por Narciso! - prosiguieron ellas-. Al fin y al cabo, a pesar de que nosotras siempre corríamos tras él por el bosque, tú eras el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.
- ¿Pero narciso era bello? - preguntó el lago.
- ¿Quién si no tú podría saberlo? - respondieron sorprendidas las Oréades-. En definitiva, era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.
El lago permaneció en silencio unos instantes. Finalmente dijo:
- Yo lloro por Narciso, pero nunca me di cuenta de que Narciso fuera bello.
>> Lloro por Narciso porque cada vez que él se inclinaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, reflejada mi propia belleza." El Alquimista, Paulo Coelho.
Esta corta historia me hace pensar: ¿cuántos creen quererse de verdad y en realidad solo quieren lo que las demás personas les aportan? Por desgracia es algo muy humano.
Querer de verdad es querer antes a alguien por quien es y solo después por lo que te aporta y acabar descubriendo que esto, lo que te aporta, por querer su alma, es mucho más que lo que hace por ti. Y solo podrás pagárselo de verdad, cuando aprendas a dar sin intención de recibir, cuando enseñes a esa persona a ver su propia alma impresa en tu alegría, cuando y solo entonces, comprenda que le quieres por quien es, cuando y solo entonces, te quiera por quien eres.
miércoles, 16 de enero de 2013
miércoles, 9 de enero de 2013
Pagan justos por pecadores
Lo vemos todos los días. Es una frase que oigo a menudo. Estaría bien oirla y no sentirla. Me da rabia verla en los demás y sufro cuando me la aplican. También es verdad que yo soy a veces quien la aplica a otras personas.
Todos tenemos derecho a ser nosotros mismos y a veces cargamos a menudo con problemas de otras personas, o tenemos una discusión desagradable o nos putean por todas partes y es triste como esa carga que soportamos se vuelve contra personas que no tienen culpa de nada, que incluso tienen la intención de ayudarnos. Muchas veces yo lo he pagado con mi abuela por ejemplo, porque quizá me pregunta por enésima vez si voy a comer algo o lo otro, y yo le respondo bastante seco. O simplemente estoy rallado por algo y estoy a su lado sin decir una palabra, haciéndole sentir que no tengo ganas de hablar con ella. Después viene cuando lo pienso y me siento como un cabrón, pero aun así no le pido perdón. Y es que en el momento no nos damos cuenta. O simplemente no hay ganas. También tengo amistades que quizá puedan sentir que no les hago caso en algunos momentos, pero no es que no me apetezca, es que estoy a otra cosa o tengo mal día, carajo.
También es difícil ponerse en el lugar de la otra persona. La empatía es un valor en desuso hoy en día. Porque es muy habitual tener un día horrible y sentirnos cansados, apáticos o aún cabreados y sin mala intención contestar mal a alguien que apreciamos y que esa persona se lo tome como algo personal. No es menos cierto que todo tiene un límite y por muy mal que estemos no tenemos derecho a menospreciar ni faltar al respeto, porque además puede que el resto estén aún más ofuscados. Hay que tener un término medio y como digo, tener algo de empatía. Máxime si es alguien que de verdad valoramos y sabemos que en condiciones normales no actuaría así. Cuando ésto nos falta, podemos embarcarnos en un discusión donde es fácil perder los estribos y que acabe siendo algo personal.
Otra cosa muy habitual es juzgar a las personas en base a malas experiencias pasadas. La desconfianza, encasillar a alguien injustamente, en definitiva, tratar mal a alguien que no se lo merece, es muchas veces una máscara del miedo. Miedo a que nos vuelvan a fallar, a hacer daño, a que nos engañen, a que sean falsos con nosotros y muchas otras formas. Es humano. Pero no por ello es justo.
Siempre he dicho que deberíamos tener un botón de "reset" que nos devolviera a la calma, a la normalidad y al control de nuestras emociones. Pero como no lo tenemos hay que saber que no somos los únicos, nadie lo tiene. Y que todo lo que decimos tiene un efecto en los demás que muchas veces no buscamos, pero se queda ahí. Es ahí cuando pagan justos por pecadores. Un error que a veces, se puede volver contra nosotros mismos.
Todos tenemos derecho a ser nosotros mismos y a veces cargamos a menudo con problemas de otras personas, o tenemos una discusión desagradable o nos putean por todas partes y es triste como esa carga que soportamos se vuelve contra personas que no tienen culpa de nada, que incluso tienen la intención de ayudarnos. Muchas veces yo lo he pagado con mi abuela por ejemplo, porque quizá me pregunta por enésima vez si voy a comer algo o lo otro, y yo le respondo bastante seco. O simplemente estoy rallado por algo y estoy a su lado sin decir una palabra, haciéndole sentir que no tengo ganas de hablar con ella. Después viene cuando lo pienso y me siento como un cabrón, pero aun así no le pido perdón. Y es que en el momento no nos damos cuenta. O simplemente no hay ganas. También tengo amistades que quizá puedan sentir que no les hago caso en algunos momentos, pero no es que no me apetezca, es que estoy a otra cosa o tengo mal día, carajo.
También es difícil ponerse en el lugar de la otra persona. La empatía es un valor en desuso hoy en día. Porque es muy habitual tener un día horrible y sentirnos cansados, apáticos o aún cabreados y sin mala intención contestar mal a alguien que apreciamos y que esa persona se lo tome como algo personal. No es menos cierto que todo tiene un límite y por muy mal que estemos no tenemos derecho a menospreciar ni faltar al respeto, porque además puede que el resto estén aún más ofuscados. Hay que tener un término medio y como digo, tener algo de empatía. Máxime si es alguien que de verdad valoramos y sabemos que en condiciones normales no actuaría así. Cuando ésto nos falta, podemos embarcarnos en un discusión donde es fácil perder los estribos y que acabe siendo algo personal.
Otra cosa muy habitual es juzgar a las personas en base a malas experiencias pasadas. La desconfianza, encasillar a alguien injustamente, en definitiva, tratar mal a alguien que no se lo merece, es muchas veces una máscara del miedo. Miedo a que nos vuelvan a fallar, a hacer daño, a que nos engañen, a que sean falsos con nosotros y muchas otras formas. Es humano. Pero no por ello es justo.
Siempre he dicho que deberíamos tener un botón de "reset" que nos devolviera a la calma, a la normalidad y al control de nuestras emociones. Pero como no lo tenemos hay que saber que no somos los únicos, nadie lo tiene. Y que todo lo que decimos tiene un efecto en los demás que muchas veces no buscamos, pero se queda ahí. Es ahí cuando pagan justos por pecadores. Un error que a veces, se puede volver contra nosotros mismos.
lunes, 7 de enero de 2013
El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional
Claro, preguntemos a una madre que ha perdido a su hijo, al chaval que perdió sus piernas en un accidente, a quien ha perdido todo en un terremoto o al conyuge que descubre infraganti, muerto por dentro, como su pareja fornica con otra persona. Sí, es opcional, pero a veces es inevitable coger la opción de sufrir. Porque somos humanos. Si fuésemos máquinas anularíamos al instante todo sufrimiento, simplemente nos adaptaríamos automáticamente a las nuevas circunstancias. Pero no lo somos. Y es una putada, la verdad, pero también se puede aprender mucho.
Todos tenemos nuestro proceso de superación, que es más corto o más largo dependiendo de cómo seamos. Es algo incluso genético (unas personas están más predispuestas a ser más positivas que otras). Nadie es un témpano de hielo al que nada le afecta y si lo es, me da lástima. El problema surje cuando este tiempo se vuelve demasiado largo y la persona cae en una espiral de donde cada vez es más difícil salir. El dolor se va instalando como un virus en todas las facetas de su vida, incapacitándolo para todo. A esta persona (o cualquiera) si le dieran a elegir entre sufrir o no, elegiría no hacerlo lógicamente y en realidad, si que tuvo la decisión en sus manos, pero éstas, mojadas de lágrimas, hicieron resbalar su salvación.
Hay muchos dramas que me recuerdan un poco a dejar de fumar. Como decía al principio, si la opción fuese tan sencilla y con este símil, un fumador que decide dejar de fumar, en los siguientes segundos de su vida hasta su muerte no echaría en falta un cigarro. Jamás lo pasaría mal por ello. Y resulta que ,mira por donde, la adicción a esta droga es en un 90% psicológica. Entonces el fumador, lo deja, pero se martiriza continuamente echando en falta algo que sólo le daña. Igual que muchos de nosotros nos torturamos con pensamientos, anhelos o llamarlo como queráis, que a veces, ni siquiera nos conviene la solución que nos gustaría.
Yo estoy dejando de fumar, así que sé de qué hablo.
Al final la frase podría resumir el control del cerebro racional sobre el emocional. Porque en todas las situaciones que nos presenta la vida que nos hacen un daño enorme, tenemos escondido un kitkat para comérnoslo y pensar sólo racionalmente. Podemos estar mucho tiempo para encontrarlo pero al hacerlo vemos que tal vez no es tan grave, vemos qué soluciones hay, diferenciamos lo que queremos con lo que debemos hacer y un montón de mecanismos que veríamos si no fuésemos los protagonistas. Puede llegar a curarnos momentaneamente este paréntesis de pura racionalidad. Lo que es vital es recordarlo y aplicarlo. No podemos evitar sufrir, pero podemos hacer que sea más llevadero y haciéndolo, también termina antes. Hasta se puede aprender a tener una actitud mucho más positiva y que ante los mazazos estemos más predispuestos a usar más la razón. Yo estoy aprendiendo. ¿Y tú?
Todos tenemos nuestro proceso de superación, que es más corto o más largo dependiendo de cómo seamos. Es algo incluso genético (unas personas están más predispuestas a ser más positivas que otras). Nadie es un témpano de hielo al que nada le afecta y si lo es, me da lástima. El problema surje cuando este tiempo se vuelve demasiado largo y la persona cae en una espiral de donde cada vez es más difícil salir. El dolor se va instalando como un virus en todas las facetas de su vida, incapacitándolo para todo. A esta persona (o cualquiera) si le dieran a elegir entre sufrir o no, elegiría no hacerlo lógicamente y en realidad, si que tuvo la decisión en sus manos, pero éstas, mojadas de lágrimas, hicieron resbalar su salvación.
Hay muchos dramas que me recuerdan un poco a dejar de fumar. Como decía al principio, si la opción fuese tan sencilla y con este símil, un fumador que decide dejar de fumar, en los siguientes segundos de su vida hasta su muerte no echaría en falta un cigarro. Jamás lo pasaría mal por ello. Y resulta que ,mira por donde, la adicción a esta droga es en un 90% psicológica. Entonces el fumador, lo deja, pero se martiriza continuamente echando en falta algo que sólo le daña. Igual que muchos de nosotros nos torturamos con pensamientos, anhelos o llamarlo como queráis, que a veces, ni siquiera nos conviene la solución que nos gustaría.
Yo estoy dejando de fumar, así que sé de qué hablo.
Al final la frase podría resumir el control del cerebro racional sobre el emocional. Porque en todas las situaciones que nos presenta la vida que nos hacen un daño enorme, tenemos escondido un kitkat para comérnoslo y pensar sólo racionalmente. Podemos estar mucho tiempo para encontrarlo pero al hacerlo vemos que tal vez no es tan grave, vemos qué soluciones hay, diferenciamos lo que queremos con lo que debemos hacer y un montón de mecanismos que veríamos si no fuésemos los protagonistas. Puede llegar a curarnos momentaneamente este paréntesis de pura racionalidad. Lo que es vital es recordarlo y aplicarlo. No podemos evitar sufrir, pero podemos hacer que sea más llevadero y haciéndolo, también termina antes. Hasta se puede aprender a tener una actitud mucho más positiva y que ante los mazazos estemos más predispuestos a usar más la razón. Yo estoy aprendiendo. ¿Y tú?
Prisión del silencio
Comienzo mi andadura en esto de los blogs. Nunca había tenido uno, exceptuando aquel espacio de MSN que era un pitorreo de tres al cuarto. Ha llovido mucho desde entonces y ahora desde una perspectiva más madura y mucho más amplia creo este pequeño espacio llamado "Prisión del silencio". He elegido ese nombre porque el que había elegido antes estaba ocupado, para empezar, y para seguir porque es lo primero que me ha venido a la cabeza y es un poco acorde a una sensación que me persigue a todas partes. Es "ineludible". Me refiero a aquella incómoda que todos tenemos en mayor o menor medida, cuando pensamos algo sólo para nosotros mismos. Este blog será un espacio de libertad. Un pequeño butrón en la pared del desinterés, de la indiferencia ajena e incluso de sus medidas restrictivas. Un "vis a vis" conmigo mismo donde ser completamente sincero. También es un entrenamiento de cara a algo mucho más grande y trascendental que más temprano que tarde escribiré. No tengo del todo claro qué voy a publicar aquí, pero de momento me dedicaré a dar mi opinión sobre frases que leo por ahí o que yo me invente. Bienvenid@s.
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