Lo vemos todos los días. Es una frase que oigo a menudo. Estaría bien oirla y no sentirla. Me da rabia verla en los demás y sufro cuando me la aplican. También es verdad que yo soy a veces quien la aplica a otras personas.
Todos tenemos derecho a ser nosotros mismos y a veces cargamos a menudo con problemas de otras personas, o tenemos una discusión desagradable o nos putean por todas partes y es triste como esa carga que soportamos se vuelve contra personas que no tienen culpa de nada, que incluso tienen la intención de ayudarnos. Muchas veces yo lo he pagado con mi abuela por ejemplo, porque quizá me pregunta por enésima vez si voy a comer algo o lo otro, y yo le respondo bastante seco. O simplemente estoy rallado por algo y estoy a su lado sin decir una palabra, haciéndole sentir que no tengo ganas de hablar con ella. Después viene cuando lo pienso y me siento como un cabrón, pero aun así no le pido perdón. Y es que en el momento no nos damos cuenta. O simplemente no hay ganas. También tengo amistades que quizá puedan sentir que no les hago caso en algunos momentos, pero no es que no me apetezca, es que estoy a otra cosa o tengo mal día, carajo.
También es difícil ponerse en el lugar de la otra persona. La empatía es un valor en desuso hoy en día. Porque es muy habitual tener un día horrible y sentirnos cansados, apáticos o aún cabreados y sin mala intención contestar mal a alguien que apreciamos y que esa persona se lo tome como algo personal. No es menos cierto que todo tiene un límite y por muy mal que estemos no tenemos derecho a menospreciar ni faltar al respeto, porque además puede que el resto estén aún más ofuscados. Hay que tener un término medio y como digo, tener algo de empatía. Máxime si es alguien que de verdad valoramos y sabemos que en condiciones normales no actuaría así. Cuando ésto nos falta, podemos embarcarnos en un discusión donde es fácil perder los estribos y que acabe siendo algo personal.
Otra cosa muy habitual es juzgar a las personas en base a malas experiencias pasadas. La desconfianza, encasillar a alguien injustamente, en definitiva, tratar mal a alguien que no se lo merece, es muchas veces una máscara del miedo. Miedo a que nos vuelvan a fallar, a hacer daño, a que nos engañen, a que sean falsos con nosotros y muchas otras formas. Es humano. Pero no por ello es justo.
Siempre he dicho que deberíamos tener un botón de "reset" que nos devolviera a la calma, a la normalidad y al control de nuestras emociones. Pero como no lo tenemos hay que saber que no somos los únicos, nadie lo tiene. Y que todo lo que decimos tiene un efecto en los demás que muchas veces no buscamos, pero se queda ahí. Es ahí cuando pagan justos por pecadores. Un error que a veces, se puede volver contra nosotros mismos.
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